Hay dos cosas en las que Marvel indiscutiblemente le ha ganado a DC en la última década: No necesitan borrar la pizarra de su universo para contar historias frescas, y saben traducir excepcionalmente bien sus personajes a la pantalla grande.
Cuando escuché que Chris Evans interpretarían al Capitán América no podía creerlo. ¿En serio? ¿Estábamos supuestos a creer que Johnny Storm se transformaría en un personaje que—exceptuando la versión de Mark Millar—debe ser tan noble y puro como Superman? Pero salí de la sala del cine sorprendido de la capacidad de Evans para cambiar la sintonía de su usual rol de chico malo a un joven inocente e idealista.
Captain America: The First Avenger arranca con la ventaja de ambientarse en la década de los cuarenta, lo cual la distancia de otras películas de su género. Hay otras convenciones que sí respeta; invierte una generosa porción en presentarnos el origen del Capitán, y se asegura de que simpaticemos con las vicisitudes de Steve Rogers antes de que le inyecten el suero del super-soldado. Convertirse en un super-humano no lo acerca a sus sueños, y compartimos sus frustraciones a tal nivel que cuando el Capitán regresa al campamento después de su primera misión nos sentimos tentados a aplaudir junto a los soldados que lo reciben.
















